Noche
Descansa, pequeña; al final del día siempre caminarás a nuestro lado.
Noche fue una de las integrantes de la colonia de Medicina. Quienes la conocimos sabíamos de su constitución menuda y frágil. Sin embargo, durante el último año, su cuerpo empezó a dar avisos cada vez más seguidos: visitas veterinarias continuas por episodios de intensa mucosidad y problemas digestivos con fuertes diarreas que la fueron debilitando a un ritmo que la dureza de la calle no perdona.
Este verano la situación se volvió insostenible. En su última captura apenas alcanzaba el kilo y medio. No podíamos devolverla a una dinámica de recaídas constantes en el asfalto; la calle ya no era un lugar viable para ella.
Noche nunca fue una gata de caricias ni de buscar el contacto humano; conservó hasta el final esa distancia prudente, tan propia de los gatos comunitarios. Pero, con una serenidad admirable, aceptó el cobijo y se dejó cuidar.
Desgraciadamente, su cuerpecito menudo no ha podido resistir más y nos ha tocado despedirla.
A pesar de todo el esfuerzo humano y económico destinado, a veces la ayuda no alcanza para salvarlos, pero el cuidado sí transforma el final.
En sus últimas semanas, Noche no conoció la soledad ni el abandono. Tuvo a nuestro compañero Joaquín desvelándose cada día por ella: ideando menús distintos para dar con el que mejor le sentara, haciendo incisiones milimétricas en trocitos de pollo para camuflar la medicación, colocándole el ventilador para aliviar el bochorno del verano y, en estos últimos días en que el tiempo cambió, encendiéndole la mantita eléctrica para que el frío no volviera a rozarla.
Noche no se ha ido como una cifra invisible ni como una sombra más en cualquier frío rincón de la calle. Se marchó acompañada físicamente por quien veló su descanso, y arropada por el cariño de todas las personas que preguntaron por ella. Porque la mayor herida de la calle es marcharse siendo invisible, y Noche fue tan tangible como el dolor que nos deja su marcha.




